EL AFFAIRE DREYFUS


El capitán Dreyfus en su encierro de la Isla del Diablo

EL AFFAIRE DREYFUS

El bordereau

Todo empezó la mañana del 26 de septiembre de 1894. El desencadenante fue el personaje menos conocido de toda la trama: madame Bastian, la encargada de la limpieza de la embajada alemana en París descubrió una nota -conocida simplemente como el bordereau— en la que un anónimo oficial francés se ofrecía para revelar al agregado militar alemán en París los últimos movimientos del Estado Mayor francés. Por lo que se deducía del bordereau, el misterioso oficial había estado en contacto con varios departamentos del ejército, y sólo una docena de oficiales cumplían este requisito. Uno de ellos era el capitán Alfred Dreyfus, un judío de 35 años. Los investigadores ojearon las caligrafías de los sospechosos, pero su elección estaba hecha de antemano: Dreyfus era judío y eso le convertía esencialmente en el sospechoso número uno.. Francia, y sobre todo su ejército, precisaban levantar la moral tras la derrota sufrida ante Prusia (en 1894 ya reconvertida en la Alemania unificada). Qué mejor manera de levantar los ánimos que desenmascarando una trama de espionaje alemán en el propio París. De paso, el culpable no sería un bon français, sino un judío. Una pequeña victoria contra los alemanes y una excusa definitiva para justificar el antisemitismo. Dos pájaros de un tiro. El siguiente paso no podía ser otro: el 15 de octubre Dreyfus era arrestado.

El capitán Alfred Dreyfus

Estalla el affaire 

Empezó la instrucción del caso (a cargo un experto en grafología del servicio secreto francés) sin que Dreyfus supiera de qué se le acusaba. Constantemente era hostigado para escribir extraños textos en los que se incluían frases extraídas del bordereau. Mientras, se mantenía a Dreyfus en prisión a la espera de que por fin apareciese alguna prueba definitiva que lo incriminara. Las evidencias, sin embargo, no llegaban y los planes para condenar a un militar judío estaban a punto de dar al traste. Tal como se comprobó, el capitán poseía un curriculum militar sin mácula, no tenía problemas económicos y, además, su familia había demostrado una lealtad inusual para con Francia. En definitiva, carecía de móvil. Ante la perspectiva de que fuera puesto en libertad por falta de pruebas, se inició la guerra sucia contra él. El primer paso fue utilizar un arma insólita hasta la época: la prensa. El comandante Hubert Joseph Henry filtró a los rotativos adecuados (derechistas y antisemitas) la noticia de que Alfred Dreyfus, un oficial judío, estaba detenido por traicionar a la patria. La maquinaria populista se puso en marcha: el detenido se convirtió rápidamente en el culpable. Los periódicos condenaron al capitán y nadie en Francia creía en su inocencia. La estrategia de Henry había funcionado: ante la presión popular, el gobierno dio el pistoletazo de salida al consejo de guerra contra Alfred Dreyfus. Este, por fin, supo que estaba acusado de alta traición por espiar a favor de Alemania.

El comandante Hubert Joseph Henry

Todos los militares que sabían que no existían evidencias contra Dreyfus arriesgaban su reputación en aquel juicio. No podían perder, de modo que Henry, con la aprobación del ministro Mercier, se encargó de nuevo del trabajo sucio. Una vez los jueces se retiraron a deliberar (se preveía una discusión larga e intensa, dada la pobreza de argumentos contra Dreyfus), recibieron un dossier con pruebas documentales amañadas por Henry. Los jueces reaparecieron en la sala con una condena firme: confinamiento de por vida y degradación.

El destierro del capitán 

El 5 de enero de 1895, en el patio de la Escuela Militar de París Dreyfus fue despojado de sus insignias y contempló cómo su sable era partido por la mitad. De allí lo trasladaron a su lejano destierro en la isla del Diablo, un penal ubicado en la Guayana Francesa. Sólo un golpe del azar podría devolverle la libertad. Y el azar se materializó en forma de un nuevo hallazgo de madame Bastían. En marzo de 1896 encontró en la papelera de Von Schwarzkoppen una nueva comunicación entre éste y su topo francés. Y esta vez la nota llevaba un nombre: comandante Ferdinand Walsin Esterhazy. El nuevo jefe del espionaje francés, el coronel Georges Picquart (que había sustituido al fallecido antisemita Sandherr) no dudó en buscar algún manuscrito de Esterhazy y compararlo con el famoso bordereau que había servido para inculpar a Dreyfus… No cabía duda de que este comandante de origen húngaro, Esterhazy, era el verdadero traidor, y además tenía un importante móvil económico para vender secretos a los alemanes: estaba abrumado por las deudas.

Estherhazy 

Picquart puso el hallazgo en conocimiento de sus superiores. La repuesta fue tajante: debía olvidar el asunto. Entonces se dio cuenta de que el juicio contra Dreyfus había sido amañado y Picquart se convirtió de inmediato en un elemento molesto para el ejército. Como medida preventiva se le trasladó al norte de África. El affaire Dreyfus tomaba un nuevo cariz: una vez cometida la injusticia, el propósito de los militares implicados era salvaguardar el honor del ejército a toda costa. Sin embargo en Francia empezaron a aparecer algunas voces que insinuaban la existencia de irregularidades en el juicio contra Dreyfus. Era el inicio de la fragmentación del país en dos bandos: los dreyfusards (partidarios de que se revisara el caso) y los antidreyfusards. Las presiones ejercidas por diferentes medios y el hallazgo de nuevas pruebas incriminatorias lograron su propósito y el ejército no tuvo más remedio que convocar un consejo de guerra contra Esterhazy para salvar las apariencias. Pero el juicio volvía a repetir el esquema del de Dreyfus: gracias a nuevas falsificaciones del comandante Henry, Esterhazy salió absuelto, aunque para evitar posteriores sobresaltos, el servicio secreto francés ya le había “ordenado” que cortara sus comunicaciones con los alemanes.

Artículo de Émile Zola J'accuse, en el periódico l'Aurore

Zola acusa 

El gobierno de centro derecha, elegido en abril de 1896, trató de echar tierra sobre el asunto y silenciarlo hasta el punto de negar su propia existencia (“No existe el affaire Dreyfuss”), pero cada vez eran más los personajes de la vida pública francesa que conocían ese caso supuestamente “inexistente”. Y muchos no veían con buenos ojos que se sacrificaran los derechos de un individuo por salvaguardar la integridad nacional. Sin embargo, el asunto había llegado a un callejón sin salida. Sólo en la pluma de Émile Zola, convertido ya en una gloria nacional, estaba la solución: el 13 de enero de 1898, tres días después de la absolución de Esterhazy, publicó en el periódico L’Aurore su famoso artículo J’Accuse…!, una carta al presidente de la República que era una denuncia en toda regla acerca de lo acontecido en el caso Dreyfus. Muchos de los puntos que denunciaba Zola no podían probarse porque el ejército ocultaba las evidencias, así que se enfrentó a un juicio por libelo (calumnia en medio escrito). Le fue impuesta una condena de un año de prisión y una multa de 3.000 francos. Zola huía a Gran Bretaña con su misión cumplida: su propósito de sacudir la conciencia de los franceses había dado resultado.

El escritor Émile Zola

a opción dreyfusard ganaba adeptos entre la clase política y el pueblo. Pero el escándalo cada vez quedaba más desnaturalizado: ser dreyfusard era ya más una actitud de izquierda, de oposición a la derecha gobernante, que un sentimiento de justicia hacia un rico oficial judío encarcelado a miles de kilómetros de distancia. Dreyfus se había convertido en un icono de confrontación política, un instrumento que sirvió para definir, más o menos nítidamente, dos posturas claras en el espectro político: el ala izquierda (en la que socialistas, liberales y radicales acercaron posiciones) y la derecha (que endurecía sus posturas y sentaba las bases que abrirían las puertas a los fascismos).

El capitán Dreyfus en su encierro de la Isla del Diablo

La verdad al descubierto 

En junio de 1898 el centro/derecha perdía las elecciones. El nuevo equipo de gobierno se mostró más dispuesto a conocer la verdad. El coronel Picquart rompió su silencio, desafió a sus superiores y denunció las falsificaciones de pruebas que habían llevado a Dreyfus a presidio. El comandante Henry fue arrestado, confesó y horas después aparecía degollado en su celda. Esterhazy no se arriesgó a un nuevo juicio y huyó a Gran Bretaña. Alfred Dreyfus, por su parte, abandonaba la isla del Diablo en julio de 1899 y llegaba a la ciudad de Rennes, donde debía celebrarse la revisión. Pero el prestigio del ejército y de la nación francesa aún estaban en juego y Dreyfus volvió a ser declarado culpable. El escándalo rozaba ya el ridículo.

El coronel Georges Picquart

Sin embargo Dreyfus consiguió que la revisión del caso siguiera su curso, y todas las trampas que se habían cometido para inculparle quedaron al descubierto. En julio de 1906, Alfred Dreyfus, ya declarado inocente, reingresaba en la Escuela Militar de París, esta vez para ser nombrado general y recibir la distinción de caballero de la Legión de Honor. Por su parte, el gobierno francés aplicó un indulto general y nadie fue inculpado por la injusticia cometida, ya que ello hubiera supuesto una reacción en cadena de consecuencias insospechadas. Dreyfus murió en 1935, pero su caso tiene resonancias continuas hasta casi nuestros días. Y es que el affaire es una de las heridas más profundas de la historia reciente de Francia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s