Catherina Sforza


Catherina Sforza

Catherina Sforza

Habitualmente se ha considerado que el papel tradicional de la mujer durante la Edad Media y el Renacimiento (y casi me atrevería a decir con vergüenza que hasta hace relativamente pocas décadas) fue el que el historiador Manuel Fernández Álvarez resumió en el título de una de sus obras: monjas, rameras, casadas y brujas. Fuera del convento y los rezos, de la prostitución y el amancebamiento, del matrimonio y el cuidado de los hijos y de los aquelarres a la luz de la luna y las pócimas, pocas eran las posibilidades que la mujer tenía de encontrar su lugar en un mundo protagonizado casi exclusivamente por hombres, aunque muchas veces fuese la mujer quien gobernase la Casa desde las sombras de la Historia.

Sin embargo no faltan notables excepciones a esta regla, demostrando que también la mujer ha sido en todo momento plenamente capaz de plantar cara a la vida con decisión, valentía, arrojo y desprecio ante cualquier peligro. Damas guerreras, damas gobernantes, damas admirables, damas temibles. Damas, en definitiva, de armas tomar.

Una de las más llamativas, para mí, de estas damas guerreras del pasado fue Catherina Sforza, duquesa de Imola y Forli. La conocida popularmente como “vampiresa de la Romaña”, “diablesa encarnada” o “virago crudelísima” (virago es un término utilizado por los italianos para definir a una mujer que lucha como un hombre) nació en 1462, siendo hija natural del noble lombardo Galeazzo Maria Sforza, hermano del influyente Ludovico Sforza, “el Moro”, quien regía la ciudad de Milán. Siendo niña, la casaron con Jerónimo Riario, sobrino del papa Sixto IV, quien concedió a su pariente el gobierno en la ciudad de Imola. La relación entre la pareja fue complicada y siempre a expensas de las continuas infidelidades de Jerónimo, lo que no impidió que éste engendrara con su mujer cuatro hijos. En 1484, tras la muerte de Sixto IV, Caterina —embarazada de siete meses— ya dio muestras de su espíritu aguerrido cuando, para defender su patrimonio territorial, encabezó un pequeño contingente militar en la toma del Castillo Sant’Angelo para justificar su derecho sobre Imola ante el nepotismo del nuevo Papa. Con esta acción aseguró su dominio sobre Imola, y el nuevo pontífice, Inocencio VIII, le concedió la plaza de Forlí.

Como buen ejemplo de sus… arrestos, digamos que en 1488 su esposo murió asesinado a cuchilladas por algunos desafectos y se dijo que ella misma estaba implicada en el complot. Fue hecha prisionera junto con sus hijos, pero consiguió escapar y tuvo que acuartelarse en un castillo para enfrentar el ataque de los aliados de su marido, quienes capturaron a sus hijos y amenazaron con asesinarlos. Caterina ante esta situación salió desnuda una noche al balcón de dicho castillo y señalando sus genitales exclamó: “¡¡Con esto podré engendrar muchos más hijos!!”. El insólito gesto sorprendió a los asaltantes que levantaron el asedio ante el ímpetu de Caterina, habida cuenta de que las crónicas y el Arte nos la muestran como una mujer realmente hermosa, de cuerpo escultural y notable belleza…

Cuando el papa Alejandro VI obligó a los señores de la Romaña a entregar sus tierras a la Santa Sede, Caterina se negó a rendir pleitesía a los Borgia e intentó envenenar al papa sin conseguirlo, ganándose el epíteto de “la Diablesa de Imola”. El gonfaloniero de los Ejércitos Pontificios, César Borgia, tomó Imola sin resistencia y sitió el castillo de Forli, donde Caterina resistió sus ataques al frente de 1000 soldados, empuñando personalmente la espada y dando las órdenes pertinentes a sus capitanes, aunque no pudo evitar la caída de Forli en manos de las tropas papales. Según parece, la misma noche de la batalla, vencedor y vencida, yacieron juntos víctimas de la pasión o del morbo producido por la fascinación de aquéllos que se reconocen iguales en la ambición. Capturada por César, fue conducida al Castelo di Sant’Ángelo, en Roma, donde recibía las frecuentes visitas del gonfaloniero pontificio. La duquesa huyó poco después, probablemente ayudada por el mismo César Borgia, pero sus tierras en Imola y Forli habían sido entregadas a los Orsini…

Entonces se retiró a un convento de Florencia, junto a su pequeño hijo Juan (hijo de Giovanni de Médicis y que con el tiempo sería llamado Giovanni delle Bande Nere -don Juan de las Bandas Negras-, último Gran Gonfaloniero Pontificio), sin que ocasionara más alteraciones en aquella época que la contempló como fémina indómita. Falleció en la luminosa ciudad toscana en 1509. Hoy en día los investigadores históricos la consideran una de las grandes mujeres de la Italia renacentista.

Una mujer sorprendente… De armas tomar. Nunca mejor dicho…

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