La Guerra con Arco


 La Guerra con Arco

La segunda mitad del siglo XIV y la primera del XV representan en nuestro continente, la edad de oro de la arquería de guerra.

Hasta entonces, frente al empleo habitual del arco tanto por los pueblos del Este como por los diversos países musulmanes, su uso en las tierras cristianas se había visto relegado fundamentalmente para la caza.

La razón fundamental podemos atribuirla a la distinta filosofía con la que enfrentan el arte de la guerra unos y otros pueblos. Mientras que entre los musulmanes el arco es apreciado como la “furia de Alá”, venerándose como una reliquia el arco de Mahoma, los ideales caballerescos cristianos habían encumbrado el simbolismo de la espada, que obliga a un enfrentamiento de cerca, de igual a igual, relegando el arco como arma que mata a distancia. Y, aunque tanto los caballeros musulmanes como los cristianos aprendían la destreza de la arquería, para los unos es un arma noble mientras que los otros lo consideran inadecuado para la guerra “correcta”.

Esta filosofía también fomenta el distinto desarrollo de los arcos. Así, cuando nos referimos a la arquería tradicional incluso en nuestros días, aparecen dos grandes divisiones: El arco largo típico inglés y el arco recurvado, generalmente compuesto, utilizado por los pueblos del Este.

(No quiero decir con esto ni que únicamente los ingleses utilizasen el arco largo, arco recto o long-bow ni que sólo los pueblos del Este -húngaros, escitas, mongoles, turcos, etc.- desarrollasen y se valiesen del arco corto, de doble curvatura y compuesto añadiendo al cuerpo de madera piezas de cuerno, piel o tendones para aumentar su potencia. Sin embargo, sí es cierto que estas armas tan distintas, se convirtieron en emblemáticas para estos pueblos que cifraron en ellas gran parte de sus éxitos militares al adaptarlas perfectamente a su mentalidad, forma de vida y modo de combatir).

El arco corto, recurvado, por sus dimensiones es más apropiado para utilizarlo desde el caballo. Su doble curvatura, con las puntas proyectadas hacia delante, permite un mayor aprovechamiento del esfuerzo que hace el arquero para tensarlo y, a menor potencia, una suficiente velocidad de salida de la flecha. Es ligero y fácil de transportar, muy manejable en movimiento dado su pequeño tamaño por todo lo cual permite una buena cadencia de tiro. Generalmente su potencia (fuerza que debe hacer el arquero para tensarlo) es más reducida lo que se refleja en un menor alcance y penetración suplido por la posibilidad de acercarse a caballo al enemigo rápidamente, dar media vuelta y disparar en una técnica denominada “torna-fuye” que estos pueblos, hábiles jinetes, dominaban a la perfección. Por el contrario es mucho más complicado de construir y requiere más cuidados.

El arco largo aporta la ventaja de su mayor facilidad de construcción. Es sólido y barato. Ello permite la fabricación y almacenaje de grandes series para poder dotar de ellos y sus repuestos a un elevado número de hombres rápidamente. (La mejor madera para hacerlos es el tejo por ser la que mejor recupera cuando se dobla).

Con el paso de los tiempos, los ideales caballerescos que habían animado la Alta Edad Media se van diluyendo y con ello aparece el declive de la sociedad feudal. Lejos ya las ideas de Cruzada, los conflictos son entre reinos cristianos con idéntico armamento y mismas técnicas de lucha. La necesidad de hombres entrenados para la lucha, hace aparecer en Europa ejércitos de soldados profesionales que contratan sus servicios por un sueldo y un tiempo o una campaña determinados. El cambio de mentalidad que lleva aparejado ese declive, vuelve más pragmáticos a los Señores de la guerra y, aunque no lo suficiente como para emplear ellos el arco, sí como para servirse gustosos de quien lo emplea.

En el caso inglés, el particular desarrollo de su feudalismo, junto con una serie de ordenanzas y disposiciones reales al efecto (obligatoriedad de la práctica del tiro con arco para todos los varones, prohibición de cualquier otro juego o deporte), posibilitó levantar rápidamente ejércitos de arqueros perfectamente adiestrados y pertrechados. El arco prácticamente nacía con el niño. Alrededor de los 8 años, el padre entregaba su primer arco a los niños varones, arco que iba sustituyendo por modelos mayores y más potentes conforme el niño crecía en edad y desarrollo.

En ese entrenamiento desde la niñez radica el éxito fundamental de los arqueros ingleses particularmente en la época de la guerra de los Cien Años (1.337-1.453) donde en batallas tan emblemáticas como Crecy (1346) y Agincourt (1415), los arqueros ingleses, acorralados y enfermos de disentería, derrotaron a la flor y nata de la nobleza francesa en número varias veces superior y reforzada por ballesteros.

La formación del ejército inglés era fundamentalmente defensiva. Los arqueros, generalmente protegidos sólo por el gambesón (1) o la brigantina (2) y un casco de hierro abierto, debían portar cada uno, junto con su arco, una estaca de seis pies de largo (unos 2 metros) que, clavadas en ángulo en el suelo y afiladas por la punta libre, formaban un bosque impenetrable para los caballos pero no así para los ágiles y ligeramente protegidos arqueros. Los caballos, ensartados o al menos frenados por las estacas, eran un blanco fácil para las flechas.

Parte de éstas se transportaba sin montar las puntas, que iban en barriles aparte. Previamente a la batalla, se montaban las puntas fijadas simplemente por presión con objeto de que, si se clavaban, quedase la punta dentro y, si no encontraban su objetivo, se desprendiese la punta por el impacto y no pudiese utilizarlas el enemigo.

En función de las características del ejército contrario y del desarrollo de la batalla, sobre los ástiles de las flechas se podía montar un tipo u otro de punta buscando bien el largo alcance –puntas pequeñas, ligeras, con forma de hoja, lanceolada o pequeñas barbadas, bien la penetración en las cotas de malla -puntas de lezna (bodkin)- en la distancia corta, bien el empleo contra caballos –las grandes barbadas, de cola de golondrina (swallowtail), de media luna o corte plano (galling-horse).

Pero la razón fundamental de su éxito se debe no tanto a la precisión y calidad de sus armas sino a ese entrenamiento desde la niñez que permitía una cadencia de tiro de entre 6 y 10 flechas por minuto con arcos lo suficientemente potentes (entre 100 y 160 libras unos 50 a 70 kilos) como para impulsar las flechas a 300 metros. Esto daba una ventaja fundamental frente a otras armas como la ballesta que, aunque fácil de manejar por cualquier villano inexperto, resultaba muy lenta de carga.

Los arqueros podían formar una cortina de hierro similar al efecto que, muchos años más tarde producirían las ametralladoras de manera que la caballería francesa llegara diezmada y debilitada para encontrarse con el bosque de estacas donde eran presa fácil, tanto de los tiros a corta distancia para los que no servían de gran cosa las armaduras, como de las dagas, hachas y martillos de guerra de los arqueros.

De esta manera constituyeron una fuerza imbatible hasta el desarrollo y divulgación de las armas de fuego.

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