Las Vísperas Sicilianas


Las Vísperas Sicilianas. Cuadro de Francesco Hayez (1846) que representa el momento en que el marido de la dama ultrajada por el sargento francés acaba de atravesarlo con su propia espada.

Las Vísperas Sicilianas

LAS VÍSPERAS SICILIANAS (30 de marzo de 1282)

Situada en el centro del mar Mediterráneo, al sur de la Península Italiana de la que la separan los apenas tres kilómetros y medio del estrecho de Mesina, la isla de Sicilia es uno de los territorios más conquistados del mundo. Por ella han pasado griegos, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, alemanes, franceses, aragoneses y, por supuesto, napolitanos y calabreses antes de integrarse en el Estado de Italia tras el desembarco y conquista de Garibaldi en 1861. Durante la Edad Media Sicilia, la Trinacria, fue la piedra de toque entre las coronas de Francia y Aragón, ocultándose tras esta rivalidad la eterna lucha entre güelfos (partidarios del Papa) y gibelinos (partidarios del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico) en Europa.

La Trinacria, emblema de Sicilia

A comienzos del siglo XI los árabes fueron desplazados de la isla por un contingente de tropas aventureras procedentes de Normandía, que establecieron un reino que abarcaba también el sur de la península italiana. Tras más de un siglo de dominación normanda, el reino de Sicilia pasó por derecho de sucesión a la casa de Hohenstaufen, cuyo heredero -Federico II- era además emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Y como ya hemos apuntado, eso significaba que Federico II estaba enfrentado con la Santa Sede desde dos siglos atrás, cuando la reforma gregoriana trató de imponer el poder divino del Pontífice sobre el poder terrenal del emperador (Guerra de las Investiduras). Güelfos y Gibelinos encontraron pues en Sicilia una buena excusa para recrudecer su enfrentamiento.

Sello del Emperador Germánico Federico II Hohenstaufen

Porque Federico II era un poderoso monarca contra el que el Papa poco podía hacer aparte de excomulgarlo, pero en 1250, muerto el emperador, Su Santidad Inocencio IV decidió librarse del dominio de los Hohenstaufen en Sicilia y colocó en el trono siciliano a un príncipe güelfo, a un partidario y vasallo suyo, ya que Roma había otorgado la isla a los normandos en el siglo XI y, por tanto, podía disponer de la isla a su antojo. Ofrecida primero al hermano del rey de Inglaterra, que la rechazó, finalmente recaería la corona de Sicilia en el francés Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia Luis IX (San Luis, que lideró las dos últimas cruzadas de la Cristiandad, la VII y la VIII). Era Carlos un hombre ambicioso que pretendía tomar Sicilia como punto de partida para su proyecto: la conquista del imperio bizantino. Fue solemnemente coronado rey de Sicilia en 1266 por el papa Clemente IV (que también era francés, por cierto).

Carlos de Anjou

Pero una cosa es ser nombrado rey y otra muy diferente es ser obedecido como tal. Porque a la muerte de Federico II, como es lógico, sus sucesores reclamaron la corona siciliana. Muerto de fiebres el hijo y sucesor de Federico II, Conrado IV, fue el trono ocupado por su hermanastro Manfredo, hijo ilegítimo de Federico, contra el que tuvo que enfrentarse Carlos de Anjou para conquistar la isla. Al frente de un poderoso ejército, Carlos avanzó hacia el sur, derrotó a los gibelinos en la batalla de Benevento (26 de febrero de 1266), en la que murió Manfredo, y acabó con los últimos coletazos de resistencia germana en torno al jovencísimo Conradino -nieto de Federico II- al que venció, capturó e hizo decapitar. Carlos de Anjou era rey indiscutible de Sicilia… ¿O no?

Busto del rey Manfredo I Hohenstaufen de Sicilia

Pues no. Apenas llegó a Sicilia Carlos sembró el resentimiento y el odio entre los sicilianos gracias a su actitud arrogante y despótica. Aplicó una presión fiscal abusiva, obligó a la nobleza a presentarle los documentos acreditativos de sus posesiones territoriales (en una época en la que los pactos se hacían más de palabra que por escrito) y a los que no lo hicieron les confiscó las tierras y se las quedó, trasladando además el centro de poder y la vida pública a Nápoles, con lo cual Palermo quedaba desplazada de esa esfera de poder. Funcionarios, nobles y soldados franceses trataban a la población autóctona con desprecio, ofendiéndola constantemente y obligando a muchos notables sicilianos, entre ellos Roger de Lauria y Juan de Prócida, a huir de la isla y refugiarse en la corte de Jaime I de Aragón, convirtiendo a Barcelona en un poderoso centro político gibelino.

¿Por qué en Aragón? ¿Qué pintaba la Corona de Aragón en este cuadro?…

Pues pintaba mucho. Porque resulta que a la sazón el rey de Aragón era Jaime I, que acababa de conquistar las tierras mallorquinas y valencianas y cuyo hijo y sucesor, Pedro (el futuro Pedro III el Grande) había contraído matrimonio en Montpellier con la princesa Constanza de Hohenstaufen, hija del fallecido Manfredo y nieta, por tanto, del emperador Federico II. Es decir: la Corona de Aragón contaba con la legitimidad necesaria para que la resentida nobleza siciliana se aglutinase en torno a los derechos sucesorios de doña Constanza, representados y defendidos por su esposo el infante don Pedro y por su suegro el rey don Jaime. Y estos apoyos, en 1270, eran palabras mayores en la política europea…

Jaime I de Aragón

Pasaron los años, y mientras se iba consolidando y fortaleciendo desde Aragón esa oposición a la casa de Anjou, el rey Carlos no había olvidado la principal razón que le había llevado a aceptar y defender la corona de Sicilia: la cruzada contra el imperio bizantino y la toma de Constantinopla. Carlos de Anjou, ambicioso, ególatra y arrogante, se consideraba heredero de los grandes príncipes cruzados, desde Godofredo de Bouillon hasta Balduino IV y Ricardo de Inglaterra, y pretendía restaurar el fenecido Imperio Latino en Tierra Santa. En las aguas del puerto de Mesina esperaban para zarpar a comienzos de abril de 1282 los escuadrones napolitanos y provenzales que constituirían la IX Cruzada de la Cristiandad, esta vez contra Bizancio. Pero las cosas se torcieron de mala manera apenas unos días antes de iniciarse la ambiciosa empresa…

No se sabe con seguridad cuál fue el detonante. La tradición cuenta que la chispa se encendió al atardecer del 30 de marzo de 1282, lunes de Pascua, en la iglesia del Santo Spíritu de Palermo, ante la cual esperaba una multitud el toque vespertino para entrar en el templo. Apareció entonces en la plaza una patrulla de soldados franceses borrachos cuyo sargento empezó a molestar a una joven esposa siciliana, pretendiendo “meterle mano” con la excusa de que si bien los hombres tenían prohibido por ley llevar armas en Sicilia, sin duda las mujeres sí podían llevarlas escondidas entre los pliegues de sus vestidos, por lo que era necesario cachearlas. Su marido, furioso (como vemos, el tópico del marido celoso siciliano viene de bastante lejos ), arrebató su espada al sargento y lo ensartó con ella. Los demás franceses acudieron a socorrer y vengar a su oficial, pero los palermitanos que allí estaban reunidos eran mucho más numerosos, de manera que les rodearon, les arebataron sus armas y les dieron muerte justo cuando la campana de la iglesia empezaba a tocar a vísperas, lo que explica el nombre con que fue conocida la revuelta: las Vísperas Sicilianas.

Las Vísperas Sicilianas. Cuadro de Francesco Hayez (1846) que representa el momento en que el marido de la dama ultrajada por el sargento francés acaba de atravesarlo con su propia espada.

Sin embargo, a pesar de que esta versión es más atractiva e interesante, la historia suele ser mucho más prosaica y lo más probable es que todo estuviese preparado para que la campana de la torre tocando a vísperas fuese la señal para iniciar la rebelión. En cualquier caso, una vez dada la primera cuchillada se produjo una verdadera explosión de ira popular que recorrió primero las calles de Palermo y luego toda Sicilia, dando salida al odio acumulado. Al grito de “¡Muerte a los franceses!” (¡Cuántas veces escuchado de labios españoles!) Los palermitanos masacraron a 2000 galos en la ciudad, incluidos ancianos, mujeres y niños. El levantamiento se extendió por toda la isla y sólo Mesina permaneció fiel a los angevinos, si bien sólo por unas semanas.

Las Vísperas Sicilianas fueron un éxito: cogido completamente por sorpresa, Carlos de Anjou tuvo que huir de Sicilia y los rebeldes obtuvieron la independencia de la isla que, en un principio, pensó ser administrada por un gobierno republicano a través de comunas o ciudades libres, a la manera de las repúblicas italianas del norte (Florencia, Pisa, Siena, Milan, Venecia…), pero pronto la amenaza de un retorno del rey expulsado hizo necesario ofrecer la corona a un rey que la defendiese. Y los sicilianos decidieron ofrecérsela al que desde 1276 era rey de la Corona de Aragón, don Pedro III y su esposa doña Constanza Hohenstaufen. La solución contó con el apoyo mayoritario de toda la población siciliana, de todas las clases sociales, de modo que cuando el rey y su esposa aceptaron encantados el ofrecimiento (Sicilia representaba un paso de gigante para el dominio comercial aragonés del Mediterráneo) y entraron el Palermo ante el entusiasmo del pueblo podemos decir que se trató de uno de los escasísimos casos de la Historia en que un rey extranjero accede al poder no por conquista ni por herencia, sino por llamamiento de la propia población, que veían en don Pedro -y sobre todo en doña Constanza- un retorno a los gloriosos tiempos de los Hohenstaufen en Sicilia.

Lógicamente, las cosas no iban a ser tan fáciles, claro. Porque Carlos de Anjou se negó a reconocer a Pedro como legítimo rey de Sicilia y se asentó en el sur de Italia, desde donde intentaría recuparar sus dominios con el fin de reanudar su interrumpida y delirante cruzada contra Bizancio. Y por su parte, el papa Martín IV excomulgó a Pedro III de Aragón (como lo fue su abuelo Pedro II a comienzos del siglo) e incluso llegó a pretender desposeerlo de su trono aragonés, entregándoselo a Carlos de Valois, sobrino-nieto de Carlos de Anjou. Los franceses llegaría a invadir los territorios de la Corona, siendo salvados por la intervención de Roger de Lauria y sus naves, que derrotaron a la escuadra francesa de apoyo frente a las costas catalanas obligando a retirarse a los franceses a su patria.

La guerra subsiguiente entre franceses y aragoneses por la posesión y control de Sicilia fue larga, costosa y complicada, y en ella no hubo un vencedor claro. La compleja política de alianzas y contraalianzas llegó a producir situaciones como un enfrentamiento entre… ¡la Corona de Aragón y la de Sicilia! En esta guerra brillaron unos guerreros que luego darían mucho que hablar en el Imperio Bizantino: los almogávares, tropas mercenarias que se enfrentaron con gran éxito a los caballeros franceses en los numerosos escenarios de estas vísperas sicilianas, encabezados por capitanes extrangeros como Roger de Flor o el ya conocido Roger de Lauria, así como Berenguer de Rocafort, Pedro de Ahonés, Fernando de Arenós, Berenguer de Entenza y otros muchos.

Entrada de los almogávares en Bizancio de José Moreno Carbonero.

La guerra concluirá con la Paz de Caltabellotta a comienzos del siglo XIV, que sancionó la separación de un reino insular siciliano (en mano de la Corona de Aragón) y otro peninsular italiano (el Reino de Nápoles), que permanecerá en manos angevinas hasta que a mediados del siglo XV sea conquistado por Alfonso V el Magnánimo para la Corona aragonesa…

Y he aquí lo que pintamos los aragoneses en Sicilia y el porqué de que haya reyes nacidos en Aragón enterrados en sus iglesias…

¿Quién provocó, realmente, la revuelta conocida como las Vísperas Sicilianas?

Actuamente se barajan tres hipótesis: 

En primer lugar, la teoría de la rebelión espontánea, que daría fe a la versión que hemos descrito primeramente de la esposa ultrajada, el marido celoso y la venganza del pueblo extendida después a toda la isla, de tal manera que el rey Pedro III se aprovechó a posteriori de la situación para entrar triunfalmente en Sicilia, aclamado por el pueblo, en una maniobra polìtica de resultado simplemente perfecto. Esta tesis no goza de demasiada credibilidad histórica, pero es evidente que pudo ocurrir así…

Una segunda teoría, mucho más factible, es que Pedro III aprovechase la presencia de nobles y dirigentes exiliados sicilianos (especialmente Juan de Prócida) opuestos a la casa de Anjou en Barcelona para orquestar desde allí la rebelión de forma perfectamente estudiada y calculada, facilitando así la conquista de la isla y la expansión de la Corona por el Mediterráneo. Pero (siempre hay un pero), de ser así… ¿por qué no esperó unos meses el monarca aragonés a que Carlos de Anjou partiese con sus naves hacia Bizancio, alejándose de Sicilia, dejando la isla indefensa y dejando a las tropas aragonesas el camino mucho más fácil?

Y, por último, esta reflexión nos lleva a una tercera tesis según la cual el emperador bizantino Miguel Paleólogo -militarmente débil pero gran diplomático y hombre muy capacitado para la política exterior- se habría sentido aterrorizado ante la cruzada francesa y habría instigado la revuelta siciliana para mantener ocupado a Carlos de Anjou e impedirle llevar a cabo sus planes… cosa que realmente ocurrió.

En mi modesta opinión, es muy probable que hubiese algo de las tres hipótesis en la génesis y desarrollo de la revuelta. Normalmente los procesos históricos son multicausales, es muy extraño que en un determinado acontecimiento influya una sola causa, de tal manera que las Vísperas Sicilianas fueron probablemente una respuesta popular prematura a un levantamiento general orquestado por el rey de Aragón y el exilio siciliano que estaría previsto para unos meses más tarde pero que aprovechó las circunstancias desencadenadas por el incidente del sargento que hemos narrado para iniciar la rebelión, apoyada, instigada y sufragada por el emperador bizantino, de tal manera que Carlos de Anjou lo tenía claro para mantenerse en el poder


BIBLIOGRAFÍA:

CISA, Javier: Las Vísperas Sicilianas. Insurrección contra el poder francés, revista Historia y Vida nº 471

GIUNTA, Francesco: La Sicilia catalana. Barcelona, Dalmau, 1988 (en catalán).

RUNCIMAN, Steven: Vísperas sicilianas. Madrid, Alianza, 1979

SOROA, Manuel de: Historia del reinado de Don Pedro III el Grande de Aragón y de los origenes de la penetración aragonesa en Italia. Zaragoza, Justicia de Aragón, 2000.

Un pensamiento en “Las Vísperas Sicilianas

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