Los Defensores De Somosierra


Los Defensores De Somosierra

ENTRE LA NIEBLA Y CONTRA EL DESTINO: LOS DEFENSORES DE SOMOSIERRA.

José Manuel Guerrero Acosta.
Comandante de Ingenieros. Instituto de Historia y Cultura Militar.

En el tórrido mes de julio de 1808, la expedición francesa a Andalucía acababa desastrosamente en las afueras de una pequeña localidad jienense: Bailén. La consecuencia más tangible de la derrota será el levantamiento del primer sitio de Zaragoza, y el abandono de Madrid por el recién llegado José Bonaparte. Napoleón escribe el famoso “il faut que j’y sois”, es decir, su decisión de venir personalmente a ocuparse de la situación en la Península ibérica. Es ya el final del otoño cuando cruzará el Bidasoa -el 3 de noviembre- trayendo un ejército que, a diferencia del que había enviado en los meses primeros de la invasión, estará compuesto por tropas escogidas: unos 150.000 hombres de refuerzo. De esta forma a mediados de noviembre puede contar con seis Cuerpos de ejército y un total de 335.000 hombres en España.

Frente a las fuerzas francesas, se despliegan los cuatro Ejércitos españoles organizados por la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino: El de la Izquierda (Galicia, Asturias, Cantabria y Vizcaya), el del Centro (Extremadura, Andalucía y Castilla), el de la Derecha (Cataluña y Mallorca), y el de la Reserva o de Aragón. También debe considerarse el Cuerpo expedicionario Británico del general Moore, unos 30.000 soldados. Aunque carecemos de datos completos, puede estimarse que en ese momento los efectivos totales de estos ejércitos se hallan entorno a la mitad de los de los franceses. Si además comparamos sus capacidades para el combate, la balanza se desequilibra definitivamente del lado del invasor.

Tras descargar golpes mortales contra el Ejército de la Izquierda en Espinosa de los Monteros,  y contra el de Extremadura en Gamonal, Napoleón maniobra contra los de Aragón y del Centro, que se hallan en la línea del Ebro. La falta de coordinación entre las autoridades españolas se sumará a su clara superioridad militar, lo que facilitará su victoria.

Movimientos preliminares

Tras recibir la noticia de que los los ejércitos españoles del Centro y Aragón han sido derrotados en Tudela, el 23 de noviembre, Napoleón se dirige decididamente hacia Madrid. La importancia de controlar la Capital no sólo es política, sino estratégica: cualquier movimiento de importancia que implique masas de hombres y artillería en la España de 1808 se verá  favorecido por la posesión de la ciudad, encrucijada de todos los caminos. Para ello, efectuará tres esfuerzos convergentes, utilizando el I, IV y VI Cuerpos. Esta maniobra, que podría haber sido puesta en peligro al estar las unidades muy alejadas unas de otras, resulta un éxito, pues la sola presencia y fama del Emperador parece disuadir tanto a los Ejércitos españoles como al Expedicionario Británico de Moore, al que su gobierno no permite arriesgar su minúscula aunque profesional fuerza.

El 26 de noviembre, el Emperador, en su cuartel de Aranda de Duero, da la orden de avanzar, una vez que ve asegurado su flanco derecho por el II Cuerpo del Mariscal Soult desde León, y su izquierdo por el VI Cuerpo de Ney, en Soria. El mayor contingente español, en la zona, el Ejército del Centro del general Castaños, que se retira desde Aragón, será alcanzado y batido nuevamente en Bubierca el 29 de noviembre, desde donde marcha hasta Guadalajara, sin tiempo para llegar a Somosierra. En estos críticos momentos, su jefe sufrirá las consecuencias de la que será típica, constante y errática dirección política y militar de la contienda: es destituido del mando como consecuencia de las acusaciones del General Palafox, que le acusa ante la junta Suprema de ser el responsable de la derrota de Tudela. Ya no habrá ninguna fuerza que pueda oponerse en número al avance francés.

En definitiva, hacia Madrid se dirigen a finales de noviembre el IV Cuerpo francés de Lefebvre desde Segovia en dirección a Navacerrada; a mucha más distancia, el VI Cuerpo del Mariscal Ney que persigue a Castaños en la dirección Bubierca-Guadalajara, y finalmente el propio Napoleón, con el I Cuerpo de Victor y la Guardia Imperial desde Aranda hacia Boceguillas y Somosierra.

Solos frente a Napoleón

¿Qué fuerzas quedan, pues, para oponerse al avance francés?

Tras la derrota de Gamonal, los restos del Ejército de Extremadura –en realidad una única División, la 3ª, al mando del brigadier D. Francisco de Trías que no llegó a combatir en la citada batalla- es la única fuerza de importancia, unos 1.500 hombres, que puede oponerse al avance. Así lo hará en Honrubia, el 17 de noviembre, dónde consigue rechazar a una fuerza de Dragones de la División de Caballería de Lasalle (I Cuerpo) que marcha en misión de reconocimiento, causando 12 bajas a los franceses, que se retiran hacia Aranda. Posteriormente, se retirará hacia Somosierra, desde dónde se dirigirá finalmente a Segovia por orden de la Junta de Defensa, al objeto de defender el paso por Navacerrada y Guadarrama. Allí se pondrá al mando del General Heredia, que con alguna fuerza procedente de Espinosa de los Monteros –suman unos 7.000 hombres en total – no tendrán parte activa en la defensa de Madrid.

La situación de Madrid, sin fortificaciones y en medio de una llanura –como una seta plantada en medio de un prado, según observación de un testigo francés- no reúne condiciones para una defensa ante el enemigo que se avecina. Por ello,  se decide adelantar la defensa hacia el norte, para lo que se improvisa un Ejército que recibe la denominación oficial de Ejército de Reserva de Castilla la Nueva, aunque en otros documentos se le nombra como de entre Madrid y los Puertos. La confusa denominación es un reflejo de lo heterogéneo de su composición: Algunas unidades de línea, muy debilitadas y reforzadas precariamente con reclutas; varios Regimientos de Milicias Provinciales, que no son profesionales y se hallan alejados de sus lugares de origen, y Cuerpos de voluntarios extremeños y pertenecientes a las divisiones 1ª y 3ª de Andalucía, que han ido concentrándose en la capital durante los últimos meses, para terminar de equiparse y tratar de completar sus efectivos.

Estas fuerzas suman apenas unos 5.000 hombres, número que irá aumentando gracias a algunas unidades que van llegando a la Villa en los días finales de noviembre, y a la incorporación de nuevos reclutas, llegando posiblemente hasta unos 12.500 hombres, el día 30 de noviembre. Enfrente de ellos desplegarán, ese fatídico día, 20.000 franceses del I cuerpo de Ejército del Mariscal Claude Victor Perrin, y la Guardia Imperial, bajo el mando de Napoleón Bonaparte en persona.
Los defensores de Somosierra

El pueblo de Madrid, como el de muchas otras partes de España en este agitado año de 1808, se halla inmerso en una situación que el Conde de Toreno definiría acertadamente en su obra de 1821 como de Levantamiento, Guerra y Revolución. El ejército Real ya prácticamente no existe: se ha desarticulado debido a las deserciones y fuga de unidades de sus guarniciones de origen, así como por la disolución de otras ordenada por las autoridades francesas. Los generales, hombres del Antiguo Régimen, o bien partidarios de Godoy, dudan ante el vacío de poder y no pocos abrazarán la causa bonapartista. Otros, por el contrario, se mostrarán decididamente patriotas, aunque siempre bajo la sospecha de traición por parte de un pueblo exaltado, y, en gran medida, mediatizados por sus intereses y los manejos de las Juntas Provinciales. En este clima de agitación social, algunos serán víctimas de elementos descontrolados azuzados por el bajo clero, que los acusará de ser proclives a los franceses. Es el caso de Solano en Cádiz, Filangheri en el Bierzo, Trujillo en Málaga o Torre del Fresno en Badajoz. Sin embargo, la mayoría de los oficiales, suboficiales y soldados –los profesionales del Ejército Real-, se unirán a la resistencia, y formarán los cimientos sobre los que se asentará la lucha contra el invasor durante los seis largos años que va a durar la Guerra.

En cuanto al componente humano básico de los ejércitos, la tropa de nueva recluta, cabe señalar que se unirán con entusiasmo y en gran número al inicio de la guerra, tanto que para muchos de ellos no se contará con armamento ni equipo suficiente. Como muestra, citaremos lo apuntado por el Brigadier D. José Obispo, Mayor-general del Ejército de Aragón el 10 de noviembre de 1808:

Para las plazas presentes que tiene esta división, faltan 640 fusiles, 2.208 bayonetas y 1.889 cananas, sin cuyo completo no puede presentarse en ninguna acción (…) el intendente no ha mandado más que 3.373 camisas (…) Esta división no tiene oficial alguno de Ingenieros (…) El tren de artillería vino en el mayor deterioro y con cureñas de plaza (…) La División salió de Zaragoza con 89 ollas de menos y faltándoles para guisar sus ranchos, es preciso habilitarlas…

En la capital, tras la huida del Rey José en el mes de agosto, las autoridades tratan de formar tres regimientos de voluntarios y una fuerza de Artillería: los 1º y 2º de Infantería de línea, uno de Caballería, y dos compañías de a pie y una de a caballo de Artillería, todos con la denominación de Voluntarios de Madrid. El 1º se consigue formar con cierta facilidad, al mando de D. Antonio de Comas, estando compuesto como relata Clonard <<De tres mil setecientos hombres voluntarios, entre los que se contaban hijos de grandes de España, títulos de Castilla, caballeros, letrados, comerciantes y demás clases honradas (…) Este jefe comprendió la inutilidad de muchos de sus afiliados; si bien eran de apreciar su abnegación y ferviente entusiasmo, no les acompañaban las condiciones físicas que se requieren para una guerra activa como la que iba a emprenderse, por este motivo procedió a hacer un descarte de setecientos hombres y con el resto formó tres batallones que se vistieron , armaron y equiparon con el vestuario de l mismo regimiento de Voluntarios de Estado que aún no se había estrenado y se conservaba embalado en los almacenes>>.

El 25 de octubre, se bendicen y entregan con toda solemnidad sus banderas, costeadas por el Consistorio , en la basílica de Atocha. Estas llevaban la imagen de san Isidro arrodillado ante la virgen (¿de Atocha o de la Almudena?), y la inscripción Por la religión, la Patria y Rey Fernando VII, Vencer o Morir. El día 8 de noviembre, compuesto por 1.500 hombres partiría junto con la 3ª División de Andalucía a incorporase al Ejército del Centro. Posteriormente, sería deshecho en las batallas de Tudela y Uclés. Una de estas banderas se conserva hoy día en el Museo del Ejército.

Madrid y su provincia, que contaban con una población de unas 180.000 personas a principios del siglo, continuaron proporcionando voluntarios para la Guerra. No sólo para los Cuerpos organizados en la Capital, sino para todos los que transitaban por ella. Tanto el municipio como los particulares contribuyeron a una suscripción al efecto. Para ella se tasó el equipo de un infante en 500 reales y su haber diario en 6. El equipo de cada jinete en 1.000 reales, y su haber junto con el de su caballo en 12. Se consiguieron reunir en pocos días 456 sillas y 300 bridas para la caballería que organizaba el General Cuesta. La suscripciones pecunarias ascendieron sólo en Madrid a unos 6 millones, continuando hasta la entrada de los franceses en diciembre.

Cabe recordar que un fusil tenía un coste de unos 180 reales . Evidentemente, mediante la improvisación, no se pudo atender a todo. Así el general Galluzo, del Ejército de Extremadura, sería relevado a mediados de octubre tras reclamar reiteradamente capotes y zapatos para sus desnudos soldado s. Esto explica que el 2º Regimiento no hubiera podido completarse aún entrado el mes de octubre. Además y al igual que sucede en el resto del país, tras los primeros reveses, y sobre todo, ante la precariedad de la vida en unos ejércitos que carecen de los más indispensables medios de subsistencia y combate, se hará preciso acudir a todo tipo de medidas para frenar la deserción y conseguir completar las unidades. Así, ya en este otoño de 1808, se difunden numerosos bandos y proclamas advirtiendo contra los que no se incorporan a la recluta y contra los desertores. Uno de ellos se publica en el Diario de Madrid, el 8 de octubre: <<(…) Sin embargo de haber transcurrido un mes desde que empezaron a filiarse los que deben servir a la patria con destino en el Real Cuerpo de Artillería y 2º de Infantería de Línea voluntarios de Madrid, excede la falta de ambos en más de la mitad de la fuerza que les está señalada (…) debiéndose proceder dentro de breve tiempo a completar los cuerpos veteranos del exército por medio de un alistamiento general, y sorteo en seguida de todo mozo soltero, y viudo sin hijos, desde la edad de 16 años hasta la de 40 que no esté exento por la real ordenanza de reemplazos; los que desde esta publicación hasta el 15 de este mes se presenten a filiarse para completar los dos expresados Cuerpos acudiendo para éste a su Quartel de guardias de Corps,y para el de artillería al del Retiro, servirán solamente por el tiempo de la presente guerra; y que pasado dicho plazo (…) debiendo servir ocho años los sugetos a quienes toque la suerte de soldado, con arreglo a ordenanza.>>

A mediados de noviembre, el 2º Regimiento de voluntarios de Madrid cuenta con dos batallones, aunque muy incompletos, probablemente no más de unos 700 hombres. El de Caballería apenas cuenta con unos 50 jinetes. Ante las noticias de que los franceses se aproximan, el día 18 de noviembre el Mariscal de Campo D. Benito San Juan parte a cubrir el paso hacia la Capital por el Puerto de Somosierra. Con él marchan todos los Cuerpos disponibles, los más completos de forma inmediata, y el resto en los días sucesivos, en cuanto tienen la menor apariencia de serlo.

Así desfilan hacia la Sierra por el Camino de herradura de Burgos pasando por Hortaleza, Alcobendas, San Agustín y Buitrago cordobeses, jienenses, mallorquines, sevillanos, extremeños, belgas, irlandeses, toledanos, y muchos madrileños de la Villa y alrededores….

Ya no hay vestuario ni alimentos para todos. Marchan con hambre, muchos sin uniforme, cubiertos sólo con la típica capa parda de campesino; otros carecen totalmente de prendas de abrigo; las municiones escasean, se han distribuido un puñado de cartuchos por hombre . Como en tantas batallas de la Guerra, apenas han aprendido a manejar los imperfectos fusiles de chispa. Sus oficiales, que no les conocen, y que no cuentan con su confianza, son conscientes de lo que se avecina. Como dejó escrito en su diario el Capitán López de Barañano, del extinto Regimiento de voluntarios de Estado que, fugado de Madrid, combatió en Medina de Rioseco: <<Al cadete que me acompañaba le nombraron ayudante de uno de aquellos tercios de paisanos y a mí sargento mayor del 2º de Benavente compuesto de gente que acababa de venir de sus casas y no sabían siquiera girar: aquella misma noche los dieron cartuchos y al romper el día salimos con el resto de tropas a tomar posesión de una altura pues que los enemigos estaban encima:..>>.

Como en tantas campañas de esta contienda, todo se ha improvisado. Pero el destino no espera, y llama ya a las puertas de Madrid.
Despliegue entre la niebla

La dirección militar de la defensa de Madrid recae en una Junta Militar compuesta por los siguientes generales: El Marqués de Castelar, Capitán General de Castilla; D. Tomás de Morla, Gobernador Militar de Madrid, en quién recaerá la defensa de la ciudad; y D. Francisco Eguía, a quien se nombra para el mando del improvisado Ejército de Reserva de Castilla la Nueva, que no acepta, pretextando motivos de salud. En el trasfondo, rivalidades y rencillas, y negligencia por parte de una Junta Central que no debió permitirlas en aquellas circunstancias extremas. En la práctica, este mando –y así figura en la correspondencia dirigida directamente por él a la Junta Suprema- recaerá en el Mariscal de Campo Benito San Juan, para cubrir la zona oriental de la Sierra. Un general con una misión imposible.

D. Benito San Juan , un enérgico oficial de caballería, con toda seguridad es consciente de las condiciones en que se le envía al combate, pero a pesar de ello preparará la defensa con una entereza ejemplar. Ello puede comprobarse leyendo el único parte que se conserva con su firma, fechado el día 20 de noviembre de 1808 que transcribimos íntegramente:

<<Serenísimo Sr .Son las nueve de la noche, y en todo el día de hoy he estado ocupado dando ordenes y revisando puestos para prevenir lo conveniente por si fuese esta noche, o a la madrugada atacado por el enemigo este puesto, que según los partes y noticias recibidas, han salido desde Aranda de Duero desde ayer en número de mil y quinientos caballos, con artillería, e Infantería, de cuyo número no he podido saber cosa cierta, aunque las más noticias son de que Ynfantería poca. A las cuatro leguas distantes de esta, y con sus avanzadas en Castillejo, que es una legua más a su frente, y por consiguiente mis guerrillas y descubiertas la he dejado en aquella posición.

La situación que tengo en este desfiladero es ventajosísima. La artillería bien situada, y para mayor seguridad tengo adelantados trescientos caballos en Sepúlbeda, sostenidos por quinientos guardias Walonas, y ochenta tiradores que amenazan la retaguardia  del enemigo, y le flanquean si intenta pasar adelante, por lo que sospecho que tal vez no sea mas que una descubierta y reconocimiento de nuestras fuerzas lo que intentan; bien que nos encontrarán prevenidos a todas horas si se atrebieran a atacarnos. Es quanto tengo que noticiar a v. A. S. para su conocimiento, y el de la Suprema Junta. Dios gue. A v.A.s. ms.as.

Cuartel general del Exto. De Castilla la Nueva en Somosierra a 20 de noviembre de 1808.        Benito San Juan.   Srmo. Sr. Conde de Floridablanca.
PD. En este momento se est á tocando la Generala porque los enemigos se hallan en las avanzadas. Todo está preparado: mañana daré parte de todo a V.A.S.>>

De la lectura de este parte puede intuirse el despliegue defensivo de San Juan: una vanguardia en el pueblo de Sepúlveda, que irá reforzando en los días siguientes hasta sumar cinco batallones, quinientos jinetes y seis piezas de artillería, al mando del Brigadier Sardeñ. El resto de la fuerza en el alto de Somosierra, distribuido en varias posiciones a los lados del Camino de Herradura de Burgos, y apoyadas con 16 piezas de artillería, que estaban distribuidas en cuatro baterías sucesivas, la más potente, la primera, estando la última junto a la ermita de la Soledad. La infantería va a ir llegando a lo largo de varios días, señalándosele posiciones de defensa al abrigo de las rocas y cercas existentes sobre el terreno, a ambos lados del camino. El intenso frío y la falta de equipo de los soldados motivan probablemente que la mayoría de las tropas permanezca a resguardo en las edificaciones del caserío de Somosierra, estableciéndose elementos de seguridad y un vivac para los que relevándose, guarnecen las posiciones. A pesar de la inexistencia de documentos originales, podemos afirmar, de diversas fuentes francesas y polacas, que se practicaron algunas zanjas para cortar el camino -la más importante delante del puente del arroyo de la peña del Chorro- y se fortificaron mediante obras de tierra, de manera expedita, las baterías. A la izquierda de la 4ª batería existía un bastión, probablemente la capilla antigua, protegida y aspillerada. De esta manera se impedía el paso por la carretera a la artillería pero la montaña seguía siendo practicable para la infantería.

Los reglamentos españoles de la época, prescribían el empleo de la formación denominada de Batalla (los soldados se disponían hombro con hombro en una larga línea de cuatro filas), que proporcionaba una gran potencia de fuego, aunque disminuía la cohesión. Los fusiles de chispa, armas imperfectas que necesitaban de hasta 14 operaciones para efectuar el disparo. Su alcance eficaz no rebasaba los ochenta metros, y eran frecuentes los fallos por deficiente ignición de la pólvora en ambientes húmedos como el de Somosierra. Al frente de las líneas, se desplegaban elementos aislados o guerrillas, con la misión de causar bajas al enemigo e informar de su progresión. Por su parte, el ejército napoleónico empleaba preferentemente la formación de columna o bien el orden mixto, que, si bien permitía menor volumen de fuego, proporcionaba mayor potencia de choque. Los mandos franceses, muy experimentados y flexibles, acudían a una u otra formación adaptándose a cada caso del combate, lo que podían efectuar al contar con soldados instruidos. También hacían uso de las guerrillas –los denominados Voltigeurs- pero en mucho mayor número, especialización y eficacia, que provocaban numerosas bajas entre los oficiales enemigos. En cuanto a la Artillería, las piezas españolas solían ser de calibres mayores que las napoleónicas, lo que teóricamente permitía alguna superioridad, de contarse con artilleros instruidos. Muchos de estos morirán acuchillados durante la acción, defendiendo sus piezas.

La Caballería no permite ningún tipo de comparación, pues la endémica falta de caballos en España, y el no existir caballería pesada, había reducido su papel al mínimo ya antes de empezar la contienda. En esta ocasión su presencia será testimonial, pues los cuatro escuadrones españoles presentes a duras penas suman un centenar de jinetes. En el bando francés baste señalar que era el Arma más cuidada por Napoleón, quién la empleará decisivamente en esta ocasión, nada menos que a las unidades de su Guardia.

El día 28 de noviembre, la vanguardia francesa que mandan Savary y Lasalle desaloja a la española de Sepúlveda, no sin dura resistencia. El ataque dura unas cuatro horas, debiendo los franceses retirarse sin poder ocupar el pueblo, probablemente por encontrar más resistencia de la esperada. Los españoles intentan retirarse en orden hacia Somosierra, pero por estar la ruta ocupada por los franceses, sólo algunos lo conseguirán, como los regimientos de Jaén y el de la Corona. Sardeñ con el resto se dirigirá a Segovia.

El día 30 se produce el ataque contra las posiciones del Puerto. Napoleón ordena a Savary mantener en reserva a la Guardia Imperial, para evitar que tenga más pérdidas como ocurrió en Sepúlveda. Será el I Cuerpo de Victor, y concretamente la División Ruffin quien reciba la orden de avanzar en vanguardia. Transcribimos el relato de un oficial francés :

<<El 30, por la mañana, una niebla espesa nos ocultaba totalmente la vista de las posiciones del enemigo.. Nos pusimos en marcha siguiendo la ruta principal, y el emperador vino, en persona a colocarse durante algún tiempo entre las dos secciones de mí compañía que formaban la cabeza de vanguardia. Estabamos ya combatiendo mucho antes del desfiladero cuando, de repente, recibimos sobre nuestro flanco izquierdo una descarga de mosquetería que nos advirtió de la presencia del enemigo; destacamos al instante por ese lado algunos tiradores que, a través de la niebla, se internaron en la montaña y encontraron a poca distancia un vivac abandonado. La columna continua su marcha a través de la ruta principal y pronto llegamos a una gran zanja  que el enemigo había excavado a través del desfiladero; Seguidamente nos ocupamos en rellenarla, cuando, con urgencia me ordenaron partir a la cabeza de 50 Voltigeurs para desplegarlos a la izquierda del camino y arrollar todo lo que encontrara por delante. No tardé en encontrar a los tiradores enemigos, llevábamos combatiendo con ellos un tiempo, cuando, de pronto, la niebla que había reinado hasta entonces, se levantó como un telón de ópera y me dejó ver las líneas españolas coronando a poca distancia una posición de la que sólo me separaba un torrente poco profundo. Mi pequeña tropa, en cuanto fue vista, mereció una descarga general de la primera línea enemiga; perdí en un instante 9 hombres entre muertos y heridos. Yo mismo recogí dos balas en mis ropas. Mi posición se habría vuelto crítica, y me habría visto probablemente forzado a retirarme, si el emperador no hubiera ordenado en ese instante sobre la ruta principal, esa famosa carga de los lanceros polacos de su Guardia que profundizaron con intrepidez sobre las baterías españolas. La infantería, de quien yo recibía el fuego, lo dirigió por completo contra esa caballería, la cual en parte continúa sobre el camino, otra lo rodea y el resto carga a fondo, arrolla las baterías enemigas y abre el paso a todo el ejército bajo un fuego de lo más intenso. El emperador pasa con su comitiva entre las balas. El enemigo abandona en desorden sus posiciones, dejando entre nuestras manos gran número de prisioneros, cañones, banderas y todo sus bagajes…>>

En efecto, la carga de los polacos, a pesar de ser destruido el escuadrón, unida a la rápida progresión de la infantería al amparo de la niebla por ambos lados del camino, produce finalmente el efecto que Napoleón esperaba. Como apunta Arteche “creyéndose , como soldados noveles y como españoles sin la experiencia hacia mucho tiempo de la guerra, flanqueados, y envueltos, cortados, según la frase gráfica de los bisoños, no calcularon ya ni la facilidad de rechazar la carga ni la precisión de acudir a lo verdaderamente esencial en aquel combate: a la resistencia en las cumbres vecinas de la sierra” La desbandada de las unidades bisoñas produce el pánico en los reclutas del resto de los batallones; aún los pocos soldados veteranos, sin apoyos, se ven obligados a retirarse. La retirada se traduce en huida por barrancos, vaguadas y sobre el camino en dirección a la Capital. Algunos llegaran a la Villa y participarán en su defensa en los días sucesivos. Esta retirada se hace bajo la persecución de los jinetes franceses, que les causan no pocas bajas, llegando hasta Buitrago sin oposición. El número total de bajas españolas, en cuanto a muertos y heridos se desconoce, aunque podríamos estimar que, si de parte del enemigo están documentadas unas 300 (contando con la acción de Sepúlveda), las españolas no bajarían de las quinientas, fundamentalmente de los sirvientes de las piezas de artillería y unidades inmediatas encargadas de su defensa. El mismo San Juan, que, tras combatir personalmente contra los polacos en la 4º batería, ha recibido varias heridas en la cabeza, intentará en vano contener la retirada. Arrastrado en la huida, llegará a Segovia por la noche, tomando el mando de los dispersos y los llegados anteriormente de Sepúlveda, que suman el primero de diciembre unos 3.000 hombres. Desde allí, unido a las fuerzas de Heredia, intentarán acudir a la defensa de Madrid; pero la deserción de gran parte de las tropas, y la negativa de algunos de los subordinados, como el Coronel Sardeñ, hará que finalmente, haya de retirase a Talavera en medio de una gran confusión, rodeado de dispersos y desertores, que, faltos de todo, se dedicarán al robo para poder comer. En esta localidad, y en uno más de los frecuentes motines de aquellos días, provocados por soldados descontentos, será asesinado el día 7 de enero.

Por su parte, el Ejército del Centro, ante la inminente entrada de Napoleón en Madrid, se retirará hacia Guadalajara y los montes de Toledo. Allí será reorganizado por el Duque del Infantado, que se encuentra unos 7.000 hombres que “parecían más bien cadáveres ambulantes que hombres dispuestos a la defensa del patrio suelo”. De esta manera, el Ejército español continuará la lucha contra la mejor máquina de guerra del mundo, durante otros cinco largos años. Una lucha desarrollada en unas condiciones y a lo largo de un periodo de tiempo, que, con sus luces y sus sombras, no tendrá parangón alguno en ningún país durante las guerras napoleónicas.

Benito San Juan: La tragedia de un general

No ha sido fácil encontrar datos biográficos del Comandante en jefe de l Ejército español en Somosierra. Su expediente del Archivo General Militar de Segovia se reduce a algunos folios sin interés, por lo que transcribiremos todos los datos que hemos podido localizar.

D. Benito San Juan había sido Teniente Coronel del Regimiento de Húsares españoles, participando a las ordenes directas de Godoy en el ejército de Extremadura durante la Guerra contra Portugal (la famosa “Guerra de las naranjas”). En esta corta e incruenta campaña su unidad se distinguió en la acción de Arronches. Quizás esta circunstancia favoreciera que en marzo de 1802, fuera ascendido a Coronel, siendo nombrado Comandante de los escuadrones de la Guardia del Generalísimo. En 1802 ascendió a Brigadier. En 1805, recibió el despacho de Mariscal de Campo, siendo designado al año siguiente para el recién creado Gobierno militar y político de Vizcaya. En 1807, fue nombrado Inspector General de Infantería, y en 1808, ocupaba el puesto de Inspector General de la Caballería de Línea, razón por la que seguramente se encontraba en Madrid en 1808. Fue designado para el mando del denominado Exercito de Castilla la nueva en Somosierra, ante las vacilaciones y rehusas de Eguía. Conocedor de la inferioridad en que se iba a enfrentar al mejor ejército de Europa, preparó la defensa lo mejor posible, demostrando un gran valor y entereza de ánimo. Combatió cuerpo a cuerpo contra los “Chevaux- legers” de la guardia de Napoleón en la 4º Batería, recibiendo varias heridas en la cabeza, que probablemente afectaron a su rendimiento en las semanas sucesivas. Quiso acudir, junto con el brigadier Heredia en defensa de Madrid, pero el estado de derrota e insurrección de sus tropas se lo impidió. Estando en Talavera, intentó reorganizar el maltrecho ejército, que contaba con unos 7.000 hombres. Para ello intentaría imponer severas medidas disciplinarias, circunstancia que, unida a su condición de Godoista (y por tanto sospechoso de colaboración con el invasor a los ojos de los patriotas) le acarrearían la enemistad de los elementos revolucionarios. Así, el 7 de enero, mientras se hallaba descansando en una celda del convento de Agustinos, le sorprendió el motín de una parte de las tropas que, al parecer guiados por algún fraile exaltado, trataban de asesinar a los jefes principales. A pesar de defenderse a sablazos, fue muerto por tres disparos al intentar salvarse saltando por una ventana. Su cadáver, mutilado y arrastrado, fue colgado de un gran olmo que había entre la población y el río Alberche. La intervención de algunos miembros de La Junta Central y del coronel Pablo Morillo, conseguirían restablecer el orden. Como principales causantes de su asesinato, aparecieron soldados del regimiento de Montesa, por lo que su Coronel, Juan Josef Sardeñ, sería encarcelado varios meses. No ha sido posible localizar el resultado de la Causa judicial abierta para esclarecer los hechos que privaron al Ejército de un valeroso general, víctima del torbellino de aquella Guerra y Revolución.

ORDEN DE BATALLA DEL EJÉRCITO ESPAÑOL EN SOMOSIERRA, EL 30 DE NOVIEMBRE DE 1808.

VANGUARDIA EN SEPÚLVEDA

Mando: Brigadier Juan José Sardeñ, (Coronel Rgto. Montesa)

Infantería.

Reales Guardias Valonas 3º Batallón.(Coronel D. Antonio Moi) 550 hombres
Regimiento de Irlanda, 1ºy 2º Bon. (Conde de Ibeargh) 1.186 h.
Regimiento de Jaén, 1ºy 2º Bon.(Tte. Coronel D. Fermín Pérez) 1.300 h.
1º Batallón Vols. de Sevilla (¿)500 h.
Caballería: 500 jinetes

1 Escuadrón del Rgto. de Montesa
2 Escuadrones de Alcántara (Coronel D. Rafael Mariano)
3 Esc.  Carabineros de Extremadura
Artillería: (Capitán D. Cayetano Blengua)

6 piezas (2 piezas, 2 obuses y 2 de a caballo) 80 h.

GRUESO EN SOMOSIERRA

Comandante en Jefe: Mariscal de Campo D. Benito San Juan

Infantería:

Regimiento Línea de La Reina, 2º y 3º Bon. 927 h.
Regimiento de Línea de Córdoba, dos Bons. 1.300 h.
Regimiento de Línea de Vols. de la Corona, 1º y 3º Bon. 1.039 h.
2º Regimiento de Vols. de Madrid, 1º Bon. 500 h.
2º Regimiento de Vols. de Mallorca, 3º Bon. 500 h.
3º Batallón Vols. de Sevilla  400 h.
Milicia Provincial de Jerez 74
Milicia Provincial Ecija 600 h.
Milicia Provincial de Ronda 800 h.
Milicia Provincial de Toledo 500 h.
Milicia Provincial de Alcázar de san Juan 500 h.
Milicia Provincial de Sevilla (¿) 119 h.
Milicia Badajoz (¿) 500 h-
Caballería:

Regimiento del Príncipe 50 h.
Regimiento de Vols. de Madrid 50 h.
Artillería:

16 piezas distribuidas en cuatro Baterías 120 h.

TOTALES: Infantería 11.676 h.; Caballería 600 h.; Artillería 200 h.

FUENTES: Archivo Gral. Militar, IHCM, colecc. Duque de Bailén, legajo 73

SAÑUDO, J: “Honrubia, Sepúlveda y Somosierra” en Researching y Dragona, nº 11, mayo 2000.

Noticias tomadas de la causa formada al Gral. Heredia, IHCM; AGMM, colección duque de Bailén, leg 73, pág 33.
De esta, como de tantas otras acciones de la Guerra no se conserva documentación precisa, ni orden de batalla ni total de efectivos españoles. Por ello, transcribimos los datos aproximados tomados de diversas fuentes, especialmente los existentes en el Archivo Gral. Militar y los recopilados por el investigador D. Juan José Sañudo, quien debe considerarse máxima autoridad en la materia en nuestro país.

Clonard conde de: Historia orgánica de la Infantería y Caballería españolas, tomo pp. 103-105.

Una compañía de este Cuerpo disuelto había participado en la defensa del parque de Monteleón el 2 de mayo junto al teniente Ruiz Mendoza.

Sobre este particular ver artículo del autor aparecido en la revista “Researching y Dragona”, noviembre de 2000.

ARTECHE: Guerra de la Independencia, tomo III, pp.127

GARCÍA TORRALBA: El aprovisionamiento de armamento del Ejército español durante la G.I. en “Researching y Dragona”  nº 12.

ARTECHE: Op. Citada, pp.216.

El Camino de Burgos era una ruta secundaria del Camino Real de Castilla. Los restantes Caminos Reales de la época eran: el de Madrid a Aragón y Cataluña, el de Extremadura y Portugal, y el de Andalucía. De ellos salían los denominados “Caminos secundarios de herradura o cabalgadura”

La escasez de municiones figura recurrentemente en los partes del Ejército de Extremadura. La falta de cartuchos y el descubrir que algunos tenían tierra (seguramente eran de instrucción) le costaría la vida al Marqués de Perales, asesinado por las turbas en Madrid.

A pesar de rastrear en diversos archivos, no ha sido posible localizar apenas datos biográficos del comandante en jefe en Somosierra. Los localizados en el Archivo General Militar de Segovia (AGMS) los ofrecemos como primicia en este trabajo.
AGMS, IHCM: sección 3ª, división 3ª legajo 98

El Brigadier Jean Joseph Sardaigne, Coronel del regimiento de Caballería de Montesa, de origen sardo.

GIROD DE L’AIN (General Barón): Dix ans de mes souvenirs militaires, París 1873. En 1808 era Teniente de Voltigeurs del 9º de línea francés.

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