Pedro II de Aragón


Pedro II de Aragón

Pedro II de Aragón

De los reyes de Aragón, uno de los menos conocidos es Pedro II, llamado el Católico (1196-1213). A su vez una de las épocas menos conocidas de nuestra historia es aquella que situó a Aragón como cabeza de lo que hoy sería un Estado que se extendía por todo el nordeste de España y casi la mitad de Francia con su eje en los Pirineos.

Situado por la Historia entre su padre Alfonso II el Casto, primer monarca de la confederación que vino a decirse “Corona de Aragón” y su hijo, Jaime I el Conquistador, su temprana muerte no sólo  ha eclipsado su reinado frente a los logros de otros componentes de la Casa de Aragón sino que truncó el sueño del desarrollo aragonés hacia Europa y, propició su expansión hacia el Mediterráneo.

– Quiero contribuir con estas líneas a dar a conocer al que fue un año “Campeón de la Iglesia de Cristo” para morir al año siguiente luchando contra los cruzados. Y todo por hacer gala de las virtudes de Honor y Lealtad propias de la caballería medieval y del sistema feudal que le toco vivir.-

Pedro, auténtico “Caballero coronado” cruzó los Pirineos acudiendo a la llamada de su cuñado y súbdito Ramón VI de Tolosa para defender el condado de éste último del ataque de los cruzados capitaneados por Simón de Monfort que asolaban las regiones del Sur de Francia (lo que hoy se conoce como Midi-Pyrennées y Languedoc-Roussillon).

Pero la Historia está hecha por los actos de los hombres y éstos no siempre tienen motivaciones sencillas ni rápidas de entender. Así que hablemos primero del escenario de los acontecimientos.

En el final del Siglo XII y principios del XIII, la dinastía de los Aragón, (los reyes de ese pequeño estado de los Pirineos nacido a partir del reino pamplonés de Sancho el Fuerte), unos años antes moribunda, había crecido, se había afianzado y hecho poderosa y con ella las tierras que les pertenecían.

Alfonso I el Batallador, a su muerte, había dejado el reino sin un hijo que lo sucediera. Su testamento legando sus posesiones a las órdenes militares, impugnado por la nobleza aragonesa que alegaba la norma y la costumbre del reino, había traído al trono a su hermanastro Ramiro, un monje. Éste, tampoco muy prolífico, apenas pudo engendrar una hija, Petronila. Pero tuvo el acierto de casarla con uno de los barones más poderosos de su tiempo: el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV.

El aquel tiempo, Barcelona era el condado preeminente entre los resultantes del desmembramiento del imperio carolingio. La distinción entre un conde y un rey podía ser sólo de prestigio personal. Los reyes lo eran “por la Gracia de Dios”, eran súbditos directos del Altísimo y sólo a Él y a la Historia deberían dar cuenta de sus actos.

El conde lo era por un mandato humano y, en origen, no era un cargo transmisible a los herederos. Todo ello no quita para que hubiese condados más importantes y ricos que algunos reinos. Y éste era el caso. Sin embargo, por muy rico y buen gobernante que Ramón Berenguer fuese (que lo fue) no tenía sangre real en sus venas por lo que nunca pudo ser rey. Hubo de ser su hijo Alfonso II el que recibiese la dignidad real con la sangre de su madre, Petronila y uniese en su persona por primera vez los títulos de Rey de Aragón y Conde de Barcelona.

Pero junto con estas tierras, Alfonso recibió una herencia de relaciones hacia el otro lado de los Pirineos, de modo de vida, de apertura cultural y, muchas veces de enfrentamientos con los condados norteños y, en especial con el de Tolosa (Toulouse).

Este modo de vida, estaba representado por una lengua emparentada con el idioma de su corte, la llamada Lengua de Oc y transmitido por unas figuras que se desarrollan de forma particular en este contexto y lugar geográfico: los trovadores y el “amor cortés”. Todo ello acabó definiendo una sociedad más culta y refinada y a la vez de mentalidad más abierta que la de los reinos cristianos vecinos, Castilla y Francia. El Rey de Aragón era uno de los principales exponentes de esta forma de vida. (A Alfonso II también se le conoce por el sobrenombre de “el Trovador”).

En este contexto social nace el futuro Pedro II. Al ascender al trono, el rey, criado en los ideales caballeresco-feudales brilla animado de todas las virtudes de su clase social. Su hijo, Jaime I, diría de él años después: “Nostre pare lo rei en Pere fo lo plus franc rei que anc fos en Espanya e el plus cortès, e el plus avinent e era bon cavaller d’armes, si bo n’avia ad món”. Y, si esta descripción pudiera parecer tendenciosa viniendo de su hijo (que, en otras ocasiones no lo trata demasiado bien) se confirma cuando otros autores (Soldevila, Émeric-David, López Rajadel o Desclot) lo califican de “afable, gracioso, de buenas obras, bravo hasta la imprudencia, magnífico hasta la prodigalidad, de una probidad a toda prueba, incapaz de abandonar a sus amigos en la desgracia…”

Estas virtudes, que configuran el prototipo del gran señor feudal del XIII hacen que sea un ejemplo sobre todo para los caballeros jóvenes y señores de los que se rodea: su “mainada”. Ésta es el conjunto de nobles procedentes únicamente de las tierras de Aragón, fieles hasta la muerte (de hecho todos morirían con él) que viven por y para su rey, haciendo de su Lealtad a la persona del rey, causa de Honor.

Arriesgado en el combate, arrastra con el ejemplo en la batalla a sus hombres que forman una piña a su alrededor y les lleva a ganar batallas ante un enemigo superior como en Las Navas de Tolosa.

Por las mismas razones, en la diplomacia, también afronta riesgos: renueva los votos de su antepasado Sancho Ramírez como vasallo del Papa siendo coronado en Roma por el mismo Inocencio III quien le declara Defensor de la Iglesia aunque eso le lleva a gravar con nuevos impuestos a su reino.

Establece una política de alianzas con Castilla. Acude en ayuda de Alfonso VIII. Éste, deseoso de vengar su derrota en Alarcos ha promovido una cruzada contra los almohades que finaliza con la victoria de Las Navas. Pacta también con la Inglaterra de Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra (con el que se reúne en Jaca y, finalmente, con el condado de Tolosa, casando a sus hermanas con el conde de Ramón VI y con su hijo, que lo reconocen como su señor. Esto finaliza el enfrentamiento secular de Tolosa y Barcelona y extiende los dominios de la Casa de Aragón a todo el Sureste de lo que hoy es Francia.

Pero otros actores entran en escena. En Europa, había aparecido una corriente religiosa que se decía bebía directamente en las fuentes de la Biblia y en el ejemplo de Jesús: los cátaros. Sus sacerdotes, llamados a sí mismos “los buenos hombres”, “buenos cristianos” o “perfectos” no sólo ejercían oficios manuales para vivir sino que denunciaban los excesos y el lujo de la Iglesia Católica y sus representantes.

Fracasada la IV Cruzada contra los sarracenos, el Papa Inocencio III vuelve sus ojos a Europa donde no puede consentir esas voces críticas a la jerarquía que se extienden fundamentalmente por el sur de Francia y proclama la cruzada ofreciendo no sólo el cielo a quien muera en combate contra los herejes sino las tierras y bienes de estos últimos y sus defensores.

El rey de Francia duda, preocupado porque Inglaterra, su enemigo de siempre, aproveche la ocasión para atacarle y rechaza comandarla. Finalmente, la cruzada se organiza, dirigida desde el plano religioso, por el legado papal Arnaut Amalric, antiguo prior del monasterio catalán de Poblet.

Con él, el ejército cruzado entra a sangre y fuego en los dominios de los Trencavel, vizcondes de Beziers y Carcasona y protectores de los cátaros. El espíritu de la cruzada viene definido por la frase que se le atribuye al legado Amalric al atacar Beziers y preguntarle las tropas cómo distinguirían a los herejes de los católicos fieles a la Iglesia: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”.

A la hora del reparto, ninguno de los grandes señores acepta quedarse las tierras Trencavel. El espíritu feudal no ve con buenos ojos apropiarse por este medio de las tierras de uno de los suyos, tierras por otra parte lejanas y difíciles de defender. Finalmente Simón, señor de Montfort, conde de Leicester y casado con Alix de Montmorency acepta el cargo de comandante de la cruzada y el título.

El paso siguiente es atacar los dominios de los condes de Tolosa y Foix. Pedro II, que había intentado mediar en varias ocasiones llegando a comprometer el casamiento de su hijo Jaime con la hija de Simón y dejado al infante bajo la tutela de Monfort, acaba por ver totalmente inútil la diplomacia y debe hacer honor al deber de socorro a sus súbditos de Tolosa y Foix.

El rey traslada su corte a Tolosa en enero de 1213. Recibe el vasallaje de su conde y desafía a Simón, vasallo suyo ahora en tanto que vizconde de Beziers y Carcasona. Éste rompe el vasallaje y desafía a su vez al rey, declarándose la guerra entre la Cruzada y la Corona de Aragón.

Pedro vuelve a Aragón, empeña las rentas del reino y prepara un ejército de aragoneses y catalanes con el que pasa a finales de Agosto los Pirineos para unirse con los de los condes de Tolosa y Foix.

El 9 de septiembre, el ejército acampa frente a Muret población dominada por los cruzados y a unos 20 km de Tolosa desde donde la hostigan. La guarnición envía un correo a Montfort pidiendo ayuda.

El 11, las milicias tolosanas atacan Muret. El rey Pedro ordena cesar el ataque ante la inminente llegada del ejército cruzado. A última hora, los cruzados entran en Muret.

En consejo, el conde de Tolosa propone establecer una táctica de asedio, los nobles aragoneses liderados por Miguel de Luesia, rechazan la propuesta por indigna. El ejército aragonés, vencedor en Las Navas el año antes, se sabe superior al cruzado. Y eso, nominalmente en número de hombres, es así. Pero, en la práctica, el ejército de Montfort es un grupo homogéneo, entrenado y disciplinado, encerrado en la villa, su motivación es la del jabalí acorralado frente a un ejército superior sobre todo en número de infantes pero heterogéneo y cuyos mandos catalanes y aragoneses desconfían de los de Tolosa y Foix.

La noche del 11 al 12, el rey, poseedor de las virtudes y los defectos de su época y confiado en la victoria “vela” sus armas con una dama hasta tal punto que según su hijo Jaime I en su crónica “El llibre dels Feyts del rei en Jaume I” dice: “E aquell dia que féu la batalla havia jagut ab una dona, es que nós oïm dir depuis a son reboster…e altres qui ho viren per sos ulls, que anc a l’Evangeli no poc estar en peus, ans s’assec en son seti mentre es deïa.”

El 12, el ejército cruzado, en una maniobra de distracción, sale de Muret, simulando iniciar la huída. El ejército catalano-aragonés, se apresta a toda prisa para la batalla. En el encuentro, ambos presentan tres líneas. El rey de Aragón, desconfiando del de Tolosa, lo deja en la retaguardia, liderando él la columna central, posición mucho más arriesgada.

Los cruzados, prietas las filas, atacan en tromba hacia donde ven el estandarte real, la primera línea, formada por catalanes no resiste la embestida y huye como declararía nuevamente Jaime I (…e foren-hi de Catalunya En Dalmau de Creixell e N’Hug de Mataplana, e En Guillem d’Horta, e En Bernat de Castellbisbal, e aquelles fugiren ab les altres…).
La “mainada” del Rey, institución aragonesa cuya misión es la escolta personal del rey se ve rápidamente cercada. Uno a uno van cayendo Miguel de Luesia, Aznar Pardo, Pedro Pardo, Gómez de Luna, Miguel de Roda y otros más. Y dice la Cansó de la Crozada:

“…hasta que los franceses han llegado,
Y van todos juntos hasta donde el rey es reconocido.
Él gritó: “¡Soy el Rey!” pero no es oído.
Y fue tan malamente golpeado y herido
Que en medio de la tierra la sangre se ha esparcido;
Y entonces cae muerto aquí todo extendido.”

Muerto el rey, el ejército huye y es masacrado por los cruzados o se ahoga en el Garona.

Con Pedro muerto y el infante Jaime todavía un niño y rehén de Monfort, la coalición occitano-aragonesa pierde su lider y Occitania cae en pocos años bajo el dominio cruzado. Monfort muere al recibir la pedrada de un almajaneque en el asedio de Tolosa y su hijo cede sus posesiones occitanas a la dinastía francesa.

Posteriormente, Inocencio III ordenaría la liberación de Jaime, llevándolo a Monzón donde quedó bajo la custodia de los templarios, renunciando éste, una vez rey a sus derechos sobre el territorio occitano y decidiendo la expansión de Aragón hacia el Mediterráneo y Levante.

El cadáver de Pedro II, el mejor rey-caballero no volvería a suelo aragonés hasta 1217 en que el Papa Honorio III accedió a su traslado hasta el monasterio sanjuanista de Sigena. Con él terminaba el sueño europeo de un Aragón en el que los Pirineos hubiesen sido columna y no frontera.

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